Por Proyecto Enfoques.

Entrevista a Silvia Pisano

-¿Cuáles son los paradigmas de intervención desde los cuales se han pensado a los niños en las políticas públicas?

Silvia Pisano: En principio, la intervención tiene que ver con que siempre vamos a trabajar en función del contexto, de la realidad cultural y social de una determinada época, por eso hablamos de lo epocal.

Antes, no se pensaba al niño como a un sujeto, más bien como un objeto de la intervención, absolutamente pasivo, receptor de un saber que el mundo adulto debía transmitir de generación en generación. El niño en realidad era un ser desprovisto de todo saber, que debía llenarse de este insumo, que tenía que ver con el cuidado de la salud.

Pensar al niño como objeto de la intervención es suponer que ésta viene desde un saber técnico dado hacia otro que es absolutamente ignorante en términos de conocimiento. Y si el otro es un ignorante yo lo voy a llenar de un saber socialmente aceptado para que este sujeto repita, generación tras generación, aquello que le fue dado, transferido, heredado. En este supuesto tengo un niño portador de una supuesta ternura, de la inocencia, sin decirlo de la ignorancia.

Ahora bien, en este paradigma la intervención siempre va a ser externa y nunca se va a considerar que el otro tiene algo para aportar, que tiene una experiencia, que tiene un saber. Desde esta lógica, siempre el técnico, el experto, el profesional, es quien tiene el saber y sabe qué es lo que le conviene a determinada franja etaria para su formación. A priori se establece que el otro necesita tal o cual saber, entonces se le da esto que el otro necesita, sin mediar que el otro tenga posibilidad de decidir: esto lo necesito o no lo necesito, esto me sirve esto no me sirve, esto es mi realidad o no es mi realidad.

Hoy vemos otra realidad en el niño. Ni siquiera podemos definirlo en su edad evolutiva, más allá de qué cosas nosotros les vamos a exigir como Estado acerca de la escolaridad, la vacunación, del cuidado. La representación del niño hoy aparece un chico hiper realizado que maneja Internet como los dioses, que se enfrenta a un mundo muchas veces analfabeto respecto de las nuevas tecnologías, y también, tenemos al hiper realizado que en lugar de manejar una computadora esta manejando un arma.

Entonces en esta nueva realidad ese paradigma hegemónico no encaja.

-En el paradigma anterior del niño depositario del saber, ¿hay vinculación con la del niño como privilegiado?

SP: Sí, pero privilegiado en cierto sentido. El niño era un objeto del privilegio, no un sujeto. Es un privilegio encubierto, porque en realidad dicen “los niños primero”, pero donde estaba la mirada del adulto siempre decidiendo sobre el niño. Esa es la diferencia entre uno y otro. Si yo digo los niños primero, desde el nuevo paradigma de la Ley, estoy diciendo que voy a escuchar al niño. En aquel momento, se respondía a la mirada de la época, porque entonces la categoría de “niño” no existía tampoco, había que construirla. Así como luego hubo que construir la del adolescente. Entonces era un ser inferior, desprovisto, a quien el adulto debía resguardar. Cuando el adulto familiar no estaba, quien aparece en ese rol era el juez, el patronato. Su rol era velar por el niño, pero a nadie le importaba qué opinaba este niño acerca de eso que estaban opinando sobre él. Por eso “los niños primero” tiene distintos significados.

Ahora, en una sociedad, no porque se enuncie un cambio de paradigma se va a dar. Siempre está la confrontación, la resistencia, y podría decir que, hasta hoy, la convivencia de ambos paradigmas. Porque muchas veces disfrazando la consideración del niño como sujeto, se hacen intervenciones del niño como objeto.

-¿Cómo se reflejan estos paradigmas en las políticas de Estado?

SP: En el modelo anterior surgen los grandes programas, acartonados, pensados desde un nivel provincial, en donde en forma sistemática, prolija y ordenada son replicados textualmente en cada uno de los territorios y en cada uno de los chicos. Entonces no importa si el chico viene de una villa, de una clase media o de una clase alta, el saber era el que tenía que regularlo.

Esto tiene que ver con un contexto epocal. En otro momento de la historia sirvió como regulador, funcional al intento de nivelar a todos en el saber sociosanitario. Por ejemplo en vacunas, “en esa fila vos te tenés que vacunar” y todos hacemos la fila sin distinción de cuánto entendías de la vacuna, cuánto existía de tu compromiso acerca de que esto era cuidarte. Era la obligación.

Alguien tiene el saber y dice qué tengo que hacer yo sobre mi vida. Y esto también responde a un momento histórico y tiene que ver con la necesidad de homogeneizar. Hay un momento para la planificación, para diagnosticar,  para implementar, para evaluar, absolutamente separados e implementados por distintas personas. Porque lo que se buscaba era eso, en relación con el modelo hegemónico, con el modelo del funcionalismo, en realidad. Que fue necesario repito, que tuvo que ver con una época de nuestra historia, pero que después empezó a aparecer como descontextualizada, porque la realidad cambia, y esta respuesta hegemónica a un mundo que no lo es empieza a producir quiebres.

-¿Cómo se expresan los quiebres entre las leyes de Patronato y de Niñez?

SP: La tensión de fuerzas (entre el paradigma del patronato y la nueva Ley de niñez) se traduce en las representaciones sociales. Cuando la sociedad en términos de conjunto habla de un “niño”, lo hace refiriéndose a un niño que gana premios, que hace proyectos, que logra superarse, que tiene ideas, que ayuda a la población. Cuando la sociedad habla de un “menor”, habla del chico que roba, con el que hay que hacer algo para que se lo saque de la sociedad, ese es el ejemplo más claro de la convivencia de los dos paradigmas. Un chico de la misma edad se convierte en niño porque es ajustado a las reglas, y en menor si no lo está, o sea, “¿qué querés?, no tiene familia que lo contenga, nadie se hace cargo de él, está todo el día en la calle, roba, se droga”. Todas estas cosas que aparecen en el discurso “algo hay que hacer para encuadrarlo, para modelarlo, para homogeneizarlo. Métanlo en el instituto”, además se sostiene la idea del instituto.

En nuestro caso, la demanda puntualmente es “métanlo en una Comunidad Terapéutica porque es un adicto, intérnenlo” y a lo mejor es un chico de 8 años. No es ayúdenlo, es sáquenlo del medio que no lo quiero ver. Sáquennos la lacra de la sociedad, así no nos damos cuenta de lo que nosotros mismos generamos. Porque ahí empieza a aparecer lo epocal.

Cuando se tenía la idea de un niño homogéneo, de un niño que tenía que ver con el modelo funcionalista, la comunidad y las relaciones comunitarias eran distintas, entonces ese niño estaba al cuidado de la propia comunidad. Si cada uno rastrea en la historia personal de los que tenemos más de 40 años, hay una idea de comunidad y de cultura, de red y de sostenimiento, a punto tal que en las historias de todos aparece esto de que a veces a los vecinos se los llamaba tíos, abuelos y que todo el mundo te retaba y te cuidaba.

Cuando ese lazo social se pierde, se pierde también la conciencia de que este niño está padeciendo. Tiene que ver con nosotros, los adultos, tiene que ver con no mirar, con no actuar, con no acompañar el crecimiento de ese niño. Porque niños con mamás solas o viudas se criaron en todas las épocas. La diferencia es que había una red, una contención, un lazo que hacía que esto se soportara. Cuando esto se pierde, la mamá queda sola con este chico y el chico se pierde, entonces la sociedad no miró, no actuó, y dice: “cuando paso y veo que se están drogando y tienen 7 años miro para otro lado para no amargarme”. Eso es lo más simbólico, en realidad miro para otro lado para no hacerme cargo de que yo también soy parte de esto.

-Si donde se pone la mirada va la atención, ¿qué subyace en alguien que ve al niño como a otro, a un enemigo y muchas veces como una amenaza?

SP: Es más fácil acusar al otro que hacerse cargo de la parte que nos toca. Desde la mamá que dice sacámelo porque no lo puedo manejar y quiere que el chico termine en un hogar convivencial. Desde la escuela que dice sáquenmelo porque “yo así no puedo dar clases”… Cada uno de esos chicos es un espejo de lo que somos nosotros como sociedad. Que no pueda dolernos que un chico de 8 años esté con un arma encima y que solamente nos enoje porque nosotros quedamos desprotegidos es muestra de un egoísmo muy grande que tiene que ver con el sálvese quien pueda…

-Cabe preguntarse además ¿quién le da el arma a ese chico? porque no nace armado y malo. Ahí sí parece haber un lazo social, pero de otro tipo.

SP: Es el aprendizaje de lo que tuvo y pudo. Yo no digo que sea fácil trabajar con esos chicos pero sí que empecemos a ver el riesgo primero y no la amenaza. En riesgo primero está ese chico. Pero es más fácil echar culpas. El chico no nace con estas características donde genéticamente sea tal o cual cosa, es una construcción social.

Las crianzas son construcciones sociales. Ningún chico se cría solamente en el seno familiar. Esto que antes estaba tan reglado de la socialización primaria hasta los 3 años, hoy cambia, se rompe ese modelo. A los 40 días queda al cuidado de un tercero o de un jardín maternal. Es otra época. No estoy cuestionando qué bien o qué mal. Estoy diciendo, es otra época y lleva a analizar otras cosas. Los aprendizajes se dan en términos de construcciones sociales todo el tiempo. Y si bien es así, que hubo una red que estuvo detrás, también faltó la otra red que podría haberlo evitado y no hizo nada… Producto de la fragmentación, el egoísmo, toda la construcción individualista que tiene que ver con una sociedad neoliberal que deja sus secuelas.

En los ’90 cuando nosotros recorríamos el territorio, las respuestas eran: “mi hijo no”, “la escuela no”, y costaba mucho que la gente participara porque se paraban en “mientras mi hijo no consuma”, “mientras en mi escuela no se consuma” nosotros trabajamos en prevención porque acá no pasa nada, somos los buenos… y volvemos a la distinción entre niños y menores.

Instalar la idea de que en realidad ninguno es un ser aislado capaz de socializarse sólo en el seno familiar o escolar a nosotros nos llevó años. Desde que empezamos en el ’95 y la familia comenzó a entender que “mi hijo también tiene problemas con las drogas”, porque el problema de las drogas no es solamente el consumo y los accidentes de tránsito, puede ser que el hijo no tomó, pero se sube al auto de otro que sí lo hizo.

-En realidad tiene que ver con esta reconstrucción de la cuestión social. La muerte de un adolescente es inoportuna.

SP: Este espejo en lugar de dolerme me tiene que confrontar, interpelar acerca de qué nos está pasando que los adultos no nos estamos pudiendo poner los pantalones largos. Si realmente nosotros trabajáramos para recuperar lo que es el lazo social, para recuperar lo que es la verdadera prevención. Se entiende mal lo que es la verdadera prevención, que es recuperar el lazo social. Se cree que la prevención es porque diste una charlita o que hablaste sobre drogas. Y la prevención tiene que ver con esta construcción, que será particular para cada realidad. Que no puede alejarse de lo que es el panorama social de cada uno de los territorios. Cuando nosotros seamos capaces de ver esto y que los chicos no están afuera sino que son parte, podremos mirarnos al espejo y decir, una arruguita menos en esta sociedad. Mientras tanto es negar, es tapar y las cosas siguen ocurriendo. “Están perdidos, nada les interesa”. Nos hemos encontrado con grupos de chicos que cuando les decís, qué pensás de los jóvenes, no pueden mirarse a sí mismos como jóvenes y la respuesta es, “los jóvenes están perdidos”. Cuando vos interpretás y decís, “bueno pero ¿vos estás perdido?”. “No, yo no”. “Pero… ¿cómo? si sos jóven”.

-La naturalización del discurso mediático…

SP: El otro tiene un saber previo, no viene ignorante. Pero también hay creencias que sostienen las actitudes y estas las que sostienen el comportamiento. Si yo lo que busco es un cambio de comportamiento social, escolar, individual o en el ámbito que corresponda. Si sólo voy a la conducta, estoy yendo con el mensaje que picotea la cabeza. Mejor ver desde  dónde viene la conducta o qué está traduciendo esa conducta. Lo que muchas veces los psicólogos dicen “cuando habla el cuerpo, algo nos está diciendo”. Nosotros los pedagogos también nos ubicamos desde ese lugar, algo nos está diciendo. Porque no modifico creencias si no soy capaz de ponerlas en crisis. Este ejemplo de “qué pensás de los jóvenes/ los jóvenes están perdidos/ pero y ¿vos no sos un jóven?”… Despierta una pregunta. Eso hace que se abra la posibilidad de poner en crisis. Cuando uno es capaz de poner esto en crisis empieza a hacer análisis, a ver opciones, a descartarlas, a volver a interpelar, hasta que va construyendo una nueva mirada. Al construir una nueva mirada, hay un cambio de actitud, al cambiar la actitud hay un cambio de comportamiento. Que si lo traduzco, es un cambio de paradigma… Y lo otro que decía que “son los otros, no soy yo” o lo que dice mamá “mientras no sea mi hijo”, la escuela: “acá no pasa nada”. Digo, todo esto que aparece como la otredad, solamente si yo soy capaz de poner en crisis puedo empezar a construir un nosotros.

Cuando yo como sociedad me pienso desde la otredad, el otro me aparece como ajeno, peligroso, desconocido y factible de ser criticado. Cuando miro desde la otredad el otro es el peligroso. El niño que era menor en la otredad, lo constituyo en tanto sujeto niño, y los adolescentes están pidiendo a gritos que nosotros de una vez por todas seamos adultos.

Nosotros tendemos como sociedad a condenar lo mismo que generamos. Naturalizamos el tomar alcohol que es la droga más consumida en nuestra querida provincia y la promovemos, lo soportamos… Pero cuando un grupo de chicos rompe el local donde están bailando son los sinvergüenzas que hay que sacar de la sociedad. Condenamos lo que promovemos.

-¿Cómo se discute el rol de la escuela en este escenario?

SP: Sigue siendo el mismo: socializar y mediar el conocimiento. Y creo que va hacia un cambio de paradigma… También hay que tener en cuenta que es una institución donde su propia gramática escolar dificulta que esto quede instituido. Lo que cambia es lo epocal. La escuela se está preguntando cómo romper con una estructura formal. En algunos casos se está pudiendo solucionar y en otros no, y así aparecen los CEC, patios abiertos, dispositivos que tienen que ver con una instancia no tan formal de la escolaridad. Hay que pensar la educación más allá de lo escolar, con el hiperrealizado y el subrealizado. En todo caso la escuela será el andamio donde este chico se pueda parar para ir superándose e ir creciendo.

La educación debe ser un facilitador del proceso de aprendizaje, pero el ABC de esto es creer que el otro puede, en términos de sujeto. Y esto tiene que ver con corrernos de la otredad y empezar a construir un nosotros. Si no conocés no podés elegir. Y la escuela debe ser facilitadora de este gran proceso que tiene que ver con la participación, reflexión, espíritu crítico y esas certezas que le son dadas a lo mejor por el barrio de donde proviene, la familia, el grupo o nosotros mismos. Poner en crisis que todos los jóvenes están perdidos o que todos los jóvenes se drogan es empezar a mirarnos.

-¿Cómo considerás la participación de los jóvenes en espacios políticos a partir de la aprobación del voto no obligatorio desde los 16 años?

SP: Los chicos se quejan mucho de no tener espacios de participación y cuando lo tienen lo valoran sobremanera. El otro día presencié un encuentro donde una chica de 15 años le decía a los directivos de la escuela “los jóvenes tenemos mucho para decir y queremos cuidar esos espacios. El tema es que crean en lo que estamos diciendo y que tomen en cuenta, porque nuestras ideas no serán geniales, pero son nuestras”. Yo creo que esa fue la definición más clara de lo que los jóvenes están reclamando, que son los verdaderos espacios de participación.

Ahora bien, esto tiene que ver con que como adultos facilitemos estos espacios en términos de participación real. Voy a escuchar lo que tenga que escuchar y muchas veces no me va a gustar lo que yo escuche, porque me va a poner a mí en confrontación con lo no hecho como adulto. Creo que fue la mejor enseñanza que nos dejó esta chica de 15 años, que pertenece a la franja de adolescentes que hoy están participando y que hablan del consumo de alcohol y de un montón de cosas.

Esto implica también, no defraudar a un chico cuando realmente se lo va a acompañar, si iniciamos algo lo iniciamos y lo acompañamos hasta el final. Esto implica un desgaste que muchas veces los adultos no estamos preparados para soportar, y apelo al concepto de aptitud, porque hay que seguir el ritmo de los chicos y hay que seguir lo que ellos, proponen, encaran y avanzan sin interrumpir si es el horario de la tarde, si es sábado o domingo, hay que interrumpir todo porque los chicos te llevan. Y en este acompañarlos también es ayudarlos a asumir responsabilidades, que muchas veces los adultos en esto de disparar cosas y después corrernos no lo hacemos.

-Y hacerlo desde el Estado ¿tiene alguna especificidad? ¿Cuál es su rol, su nivel de responsabilidad?

SP: El Estado tiene la máxima responsabilidad, indelegable. Porque va a aparecer siempre cuando este sistema -de responsabilidad de los padres, docentes y diferentes referentes institucionales- falla. Y en todo caso su responsabilidad será el generar y acompañar que esto ocurra.

Si yo digo que la responsabilidad es indelegable no estoy hablando de un estado paternalista, sino de un estado facilitador, desde todas sus instancias y desde su propio sistema.

-La problemática del consumo en exceso de sustancias parece ser muy específica pero en realidad está atravesada por todo lo demás. ¿Cómo pensar nuestra intervención?

SP: Primero hay que ver dónde estamos parados. La problemática está relacionada con salud pero ¿desde qué paradigma entendemos la salud? Si me paro en el paradigma anterior voy a creer que porque hago campañas de prevención de consumo está solucionado. Ahora si me paro desde el paradigma que dice que el otro es un sujeto en donde entiendo la cuestión social, donde no tiene que ver con una sola arista, en todo caso hay multiplicidad de elementos que se van a interrelacionar para que esto sea posible, lo voy a pensar siempre desde un trabajo interdisciplinario, e intersectorial donde todas las voces deban sumarse para solucionar lo que es un problema de salud.

Esto rompe con la idea de que la salud es el bienestar físico-psíquico-social y empieza a instalar la idea de la adaptación al contexto, a jugar con los otros elementos que tienen que ver con cómo las distintas relaciones que se dan en cada situación particular favorecen o no la promoción de la salud. Nosotros no sólo trabajamos con la adicción, trabajamos con lo previo. Cuando abordamos un problema de consumo, de uso problemático en niños de 10 años ni siquiera estamos hablando de adicción. Pero necesariamente tenemos que trabajar con niñez, con familia, con municipio, en el barrio, con los operadores. Pensar juntos cuál es la mejor estrategia para abordar esa problemática.

Cuando uno piensa en la política de adicciones uno debe pensar para todos. Eso tiene que ver con la universalidad, pero además para cada grupo y cada realidad y ahí aparece la focalización. Si yo no puedo pensar que la política debe alcanzar a todos pero que debe focalizar en las particularidades de cada contexto estoy haciendo una política fuera de lo focal y volvemos a lo que hablábamos al principio.

Antes el CPA era el gran emblema de las adicciones: “Viene la chica de las drogas”, ella es la experta y ella tiene el saber. Pero quién es el especialista. Es el capaz de gestionar, de articular y de trabajar con otros. Nosotros tenemos distintos niveles. La atención ambulatoria, el sujeto y su contexto. Puede ir al lugar que vive en el pibe y seguir haciendo una terapia individual, fuera de lo que es la historia de este sujeto. Hay otra instancia, que sigue siendo lo ambulatorio que es la casa de día, pero hay una tercera instancia que es la última a la cual nosotros apuntamos que es el saber específico de la internación. Para que nosotros lleguemos desde el territorio a internar a ese chico pasamos este análisis previo del uso problemático, de trabajar con otros, cuando todo falló recién recurrimos a la internación. No es que porque llegue a un CPA un chico se interna. El caso de un chico que está en guarda, la mujer psiquiátrica no puede sostener la guarda, el chico es expulsado, empieza a consumir… El juez determina que revoca la guarda porque esta familia no es apta. El pibe de 16 años no es adoptado por nadie, quién va a querer a un pibe que consume, delinque, entonces la instancia que se pensaba era de internación. Si yo miro este chico en ese momento cuál es la primera reacción como experta: “no vamos a internar a un chico por su riesgo social”. Lo que hay que proteger de este chico es que tenga un ambiente, una escuela técnica de lunes a viernes y luego un hogar el fin de semana… pero yo no lo puedo internar en una comunidad terapéutica porque el chico no tiene dónde dormir. El único lugar que el chico podía sostener era el CPA, cada vez el compromiso era mayor y mayor. Lo termina viendo nuestro psiquiatra y dice, chicas hay que internarlo, tiene una compulsión al consumo que no puede manejar. Antes debiera haber funcionado todo lo previo… Por eso es experto el que es capaz de trabajar con otros para que esto no ocurra.

-Muchas veces se malentiende al experto como aquel que es hiperespecialista que ve engranajes pero no la totalidad del proceso. Si experto es el que sabe ‘leer la jugada’ es una cosa, pero si es el que se hiperespecializa para desresponsabilizarse, es otra, porque atribuye el problema a la sustancia.

SP: En un punto necesitás a alguien que sepa de desintoxicación, de tratamiento con medicación y diagnóstico. Esto tiene que ver con cómo se juegan los paradigmas de las leyes: Ley de Niñez, de Salud Mental, de Educación. Todas determinan qué es un sujeto. Ahora si la aplicación de la Ley de Niñez en este caso falló en los dispositivos que había en el territorio, yo no voy a querer a los psiquiátricos o adictos internados. La internación tiene que ser para resguardar su riesgo, nada más, o para un empujón para que él pueda salir.

Silvia Pisano

Es Profesora de enseñanza primaria, Licenciada en Pedagogía Social, Diplomada en Educación Imágenes y Medios. Además, es Técnico Universitario en Prevención de Drogadependencia, Postgrado en Actualización en Diagnóstico, Clínica y Tratamiento de las Adicciones a sustancias estimulantes y Experta Nacional del programa de Cooperación entre América Latina y la Unión Europea en el ámbito de las políticas sobre drogas.

Comenzó a trabajar en la Subsecretaría de Atención a las Adicciones en el año 1995 desempeñando los cargos en Coordinación de Programas Distritales, Coordinación Regional y Coordinación del Área de Educación.

Es autora de varias publicaciones, planificadora de programas provinciales y coordinadora de estudios epidemiológicos provinciales y nacionales. Se ha desempeñado, además, como asesora de la DGCE, de la Universidad Pedagógica e integra el Comité de Expertos Nacionales para el Diseño de Políticas Públicas Preventivas.

Este trabajo forma parte del Módulo Jóvenes de Proyecto Enfoques. 2014

EL ESPEJO ROTO

Durante una clase de historia, el Profesor Jirafales le pregunta al Chavo qué tuvieron que hacer los aztecas cuando los españoles se instalaron en sus dominios. El niño toma su libro y lee con entusiasmo:

-“Tuvieron que pegarte ¡bruto!”

El Profesor, sorprendido primero, furioso después, corrige, remarcando las palabras:

-“Tuvieron que pagar tri-bu-to”.

El Chavo lee mal. No sólo tiene problemas con sus libros de historia, sino también con las historietas y los libros de cuentos. A su vez, para el Chavo las palabras son lo que dicen, exclusivamente, sin sobreentendidos ni metáforas (la Bruja del 71 es una auténtica bruja, con pócimas maléficas y escoba, y no sólo una vieja chismosa). La mala lectura y la extrema literalidad son las bases de su propia lógica. Y con ella desarticula cuanto razonamiento encuentra a su paso.

La vecindad del Chavo está ubicada en un humilde barrio del Distrito Federal de México. Sus habitantes más que amigos son vecinos. Odios, envidias, resentimientos, orgullo y desdén circulan de un personaje a otro, tejiendo la red que los mantiene unidos y que, en muchos casos, constituye el eje de sus vidas. El vecino es el espejo de lo que cada uno no quiere ser, pero que es: pobre, inculto y con escasas posibilidades de revertir su destino. Los personajes adultos responden a estereotipos que vienen heredados de lejos y contra los que no oponen resistencia alguna: la autoritaria ama de casa, la vieja chismosa, el vago y borracho, el profesor engreído y el satisfecho cobrador de rentas. Para ellos la existencia está pautada por una serie de gestos, acciones y palabras que se suceden, una y otra vez, hasta el hartazgo. Incluso, el amor que siente Doña Florinda por el Profesor Jirafales parece la repetición de una telenovela, un mal libreto del que es imposible salir (“¡qué milagro verlo por acá”, “no será mucha molestia…”, un día tras otro).

En este contexto de conductas prefijadas aparecen los niños. Nada queda en pié con el Chavo y sus amigos, ni los espacios ni el lenguaje ni los símbolos de la autoridad. Si el Señor Barriga recibe un pelotazo que lo tira al piso cada vez que viene a cobrar la renta, tampoco el maestro corre mejor suerte. Cuando Doña Florinda les dice que sólo con el estudio y la lectura podrán parecerse de grandes al Profesor Jirafales, los chicos se apresuran a cerrar los libros que estaban leyendo. Ese espejo, indudablemente, resulta aterrador. Pero mientras Quico, la Chilindrina y Ñoño, de una forma u otra, ya empiezan a reflejar los gestos de sus mayores (las picardías de la nena, la superioridad que siente Quico frente a la “chusma” y la ejemplaridad de Ñoño reproducen, sucesivamente, la astucia de don Ramón, el desdén de Doña Florinda y la solvencia del Señor Barriga), es el Chavo el que desestructura, desde la misma base del lenguaje, la vida en la vecindad.

El Chavo no tiene padres ni tutores a la vista; no es un eslabón más de la monstruosa cadena de herencias y de infinitos reflejos. Es un ser único que habita un espacio que, como su barril, rompe la continuidad del mundo construido. La interpretación del lenguaje en su sentido literal provoca una interrupción en el discurso de los otros, que los obliga a recomenzar, una y otra vez. Incluso, cuando intenta descifrar la diferencia entre un término correcto y su mala pronunciación (“¿cómo se dice?… ¿y yo cómo dije?… ¿y cómo se dice?…¿y yo cómo dije?”), el Chavo no hace otra cosa que desenmascarar, involuntariamente, siempre involuntariamente, el carácter convencional de las palabras. “¡Es que no me tienen paciencia!” suspira frente a la impotencia y la furia de sus interlocutores. El espacio de la comunicación social queda en un suspenso del que sólo se puede salir con gritos, cachetadas o a través del absurdo.

Pero el Chavo no es un niño rebelde a la autoridad adulta, tampoco un resentido social. Ni siquiera es un chico muy travieso. Y aunque a veces lo parezca, tampoco es tonto. No cuadra en ninguna definición que permita clasificarlo y asimilarlo a la sociedad. Para él, cada encuentro con sus mayores, o con los otros niños, representa la posibilidad de alimentar esta lógica de palabras primeras (de allí su actitud dócil, casi interrogante, lejos de la malicia de la Chilindrina o de la obediencia ciega de Quico). Lógica que, en sus manos, tiene la fuerza de una topadora.

Desposeído, mal lector y fiel a las palabras, al Chavo sólo le queda ser igual a sí mismo. Y esto, con mucha frecuencia, genera violencia en los otros.

Por Nahuel Levinton para Revista Contratiempo.

LAS PREVIAS

¿Qué función cumple ‘la previa’? Funciona como un espacio entre lo endogámico y lo exogámico. Se genera un espacio ‘otro’, con una lógica ‘otra’, en un espacio real, en la casa de alguien (no en un boliche), que en ese momento toma un valor y un sentido distinto, que es al menos producir un efecto en el cuerpo que permita un pasaje de lo endogámico a lo exogámico. Allí, la previa está cumpliendo una función social.

¿Cuál es la lógica? el desentumecimiento del cuerpo, de estar tomado por una sustancia para esa empresa que es salir. No tenemos que desconocer que hoy la previa puede ser el lugar de un pasaje simbólico que actualmente lo social no habilita.

Antes había ritos históricos de iniciación que en el presente están puestos en cuestión porque la infancia es adulta. Así, no queda claro cuándo se es niño, cuándo adolescente o cuándo adulto: qué es lo permitido para qué instancia de la vida.

Habría que evaluar si la previa no será una forma de -cada vez- armar un cuerpo para la salida, que no llega a ser una marca simbólica. No es ‘la fiesta de 15’, ‘los 18’ de los hombres, la llave de la casa. Estas marcas se relacionan más para el hombre de clase media. Pero ¿cómo esto es pensado en las diferentes clases sociales?, ¿por ejemplo en situaciones de máxima pobreza donde un niño es el que trae plata a la casa, porque limpia coches o vende estampitas o roba algo, donde el niño es el sostén? Entonces ¿de qué niño estamos hablando cuando el imaginario del niño es el que debe ser sostenido, y no al revés?

Está todo muy alterado, entonces, ¿por qué no pensar que a ese niño le es necesario el entumecimiento del cuerpo? Una transformación real del cuerpo que le permita expresarse. ¿Qué función cumple en lo social el consumo de sustancias? Preguntarse eso es distinto de la penalización individual, también a nivel del sujeto.

Lic. Gustavo Maggi, psicoanalista,  especializado en la temática del consumo problemático de sustancias.

LOS POSIBLES NO, LOS POSIBLES SI

La antropóloga Mariana Chaves considera que las representaciones vigentes “conducen a perder de vista la condición juvenil como construcción social, quedando oculta bajo el manto de la naturalidad del fenómeno. Estas concepciones son discursos altamente ideologizados y con perspectiva gravemente discriminadora”. Y las desarrolla:

*Joven como ser inseguro de sí mismo: los adultos serían los “seguros de sí mismos” y cumplidores de las normas. En este sentido “ser inseguro” es “ser peligroso”, porque no son previsibles sus acciones en una sociedad donde prima el paradigma de la “seguridad”.

*Joven como ser en transición: de la infancia a la adultez que es el momento de plenitud. Hay un punto de partida y uno de llegada subordinados al centro. De la pureza a la impureza, del blanco al negro.

*Joven como ser no productivo: son presentados como seres no productivos económicamente. Estar plenos de tiempo libre es ser ocioso.

*Joven como ser incompleto: como el ser completo es el adulto, el joven es incompleto. Todavía “no es”.

*Joven como ser desinteresado y/o sin deseo: no desea lo que se le ofrece. El boicot hacia lo ofrecido es leído como falta de interés absoluto, no como falta de interés en lo ofrecido. El no-deseo sobre el deseo institucional o familiar es tomado como no-deseo total, como sujeto no deseante.

*Joven como ser desviado: al tener todas las características mencionadas el sujeto tiene posibilidades de desviarse del camino porque sus objetivos no son claros, lo cual lo convierte en un ser peligroso.

*Joven como ser peligroso: es la posibilidad de la acción la que lo vuelve peligroso. Peligro para él mismo, para su familia, para los ciudadanos y la sociedad.

*Joven como ser victimizado: es todo en potencia pero no puede ser, porque se lo ve como oprimido, aplastado, dominado. Es visto como víctima. A la víctima suele acercársele desde la comprensión y la lástima y no desde el reconocimiento legítimo.

*Joven como ser rebelde y/o revolucionario: ser adolescente es ser transgresor. Enfrentarse a todo. La oposición y protesta son su “deber ser”. Pareciera que hay un desorden hormonal (la pubertad) que posibilita un desorden social.

*Joven como ser del futuro: es un ser sin tiempo. El pasado no le pertenece porque no estaba, el presente tampoco porque no está listo, y el futuro no llegó. Nunca pueden ser “ellos” jóvenes en el presente.

“Sostengo que la juventud está signada por “el gran No”, es negada (modelo jurídico) o negativizada (modelo represivo), se le niega existencia como sujeto total (en transición, incompleto, ni niño ni adulto) o se negativizan sus prácticas (juventud-problema, juventud-gris, juventud-desviado, tribu- juvenil, ser rebelde, delincuente, etc.)”, dice Chaves.

Sin embargo hay posibles SI: La ampliación de ciudadanía que habilitó el deber y derecho de votar para los de 16 y 17 años, es una apuesta a los jóvenes como protagonistas de sus propias vidas y la de la comunidad de la que forman parte.

¿MENORES O NIÑOS?

“LA MOJIGATA” Murga uruguaya. 2010

(Música: Volver – Gardel y Le Pera)

Yo adivino el parpadeo

de ese niño que a lo lejos

es tan dulce y cariñoso

 

pero ahora que está cerca

más que dulce está salado

este imberbe malhechor

 

tiene como nueve años

no es ningún niño, es flor de menor

 

Flor de menor resultó este botija

por no decir un maldito bribón

 

Yo que pensaba que era un angelito

y ahora me doy cuenta, es terrible menor

 

(…)

(Música: Los futuros murguistas – Jaime Roos)

Una sombra junto al cochecito

un pañal en el bolso

el babero en los hombros

con el vómito pa’atrás

 

Estudiando al de al lado

apropiando su chiche

con el viejo jueguito

acá ta y acá no ta

 

Relojeando a las viejas

cuando va por el centro

afanando juguetes

del hermano mayor

 

Cuando en la guardería

garronea un chupete

la maestra comenta

tiene pinta de menor

 

(…)

(Música: Cuidado con los ladrones – Ignacio Copani)

Tu hijo podría ser un menor

consultá un especialista

igual pa’ que saques tu conclusión

te damos algunas pistas

 

Los que piden un triciclo para reyes

¿Qué son? Son los niños

 

Los que piden una moneda en la calle

¿Qué son? Son menores

 

Los que juegan con juguetes de colores

¿Qué son? Son los niños

 

Los que hacen malabares con limones

¿Qué son? Son menores

 

Los que luego de la escuela hacen deporte

¿Qué son? Son los niños

 

Los que juegan a las barbie en vez de al fútbol

¿Qué son? Medios raros… ¿Entonces?

 

Son menores.

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